Cuando pensamos en los robots, es inevitable acordarse de las famosas máquinas que hemos visto, año tras año, en películas y otros formatos. Algunas inspiran miedo, otras amor, pero todas tienen algo en común: se asemejan a los seres humanos. Hoy en día, también tenemos en nuestras mentes esas máquinas más pequeñas que nos ayudan con la rutina diaria, como las aspiradoras robóticas. Pero lo que no es tan fácil de percibir es que cada vez estamos interactuando con más y más robots “invisibles”.

Hace años que en videojuegos y en la industria de gaming, los humanos enfrentan adversarios virtuales con la intención de vencer al oponente. En la industria de consumo masivo de productos electrónicos interactuamos con Siri, Cortana o Alexa, quienes nos ayudan en las rutinas diarias: comprar en línea, escuchar música o encontrar información relevante, entre otras. Todos estos ejemplos representan diferentes grados de automatización inteligente, donde cada uno realiza algún tipo de tarea y tiene su propio nombre. Por ejemplo, el software que puede ejecutar una tarea humana se llama bot, mientras que los que presentan una interacción conversacional se llaman chatbots.

Estos robots “invisibles” ocupan un lugar cada vez más grande en nuestra vida diaria, sin que siquiera lo notemos. El uso de algunas de estas tecnologías, por ejemplo, incluye apoyar a los usuarios en distintas plataformas y permitir el manejo de una gran cantidad de conversaciones a la vez sin necesidad de interacción humana. Las empresas que se dedican al e-learning están implementando chatbots para poder apoyar a los estudiantes sin la necesidad de intervención de un profesor cuando no es necesario, liberando su tiempo para enfocarse donde aportan más valor.

Pero estos robots invisibles, ¿Son una amenaza para los seres humanos absorbiendo partes de su trabajo? En realidad no, ya que permiten que las personas puedan dedicar su tiempo a las tareas más interesantes de sus trabajos: aquellas que harán un mejor uso de las capacidades humanas.  

Si entendemos el hecho de que ya vivimos en un ecosistema donde los bots son parte de nuestra rutina diaria, estaremos abiertos a encontrar una relación beneficiosa basada en la colaboración (o, si los futuristas lo previeron correctamente, en plena simbiosis) y, junto a eso, evolucionar el lugar que consideramos como “nuestro.”

Al final, los bots pueden entenderse como herramientas que nos permiten ajustar la carga de las actividades menos gratificantes para nosotros, mientras retenemos el valor que nos dan. Los peces no “ven” al agua en donde nadan. ¿Estaremos “viendo” aún menos a los bots?

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