A veces, el cliente no es un banco, una aerolinea o una empresa de entretenimiento. A veces el cliente esta en casa y tiene siete años. Descubre la historia de Arturo (Visual Designer) que aplicó el diseño a la creación de un juego de mesa con su hijo.

¿Cómo iniciaste tu carrera profesional? ¿Cómo fue que llegaste a Globant?

Desde que tengo uso de razón, siempre me interesó lo relacionado a las artes visuales. Lo visual fue parte de mi vida porque mi papá dibujaba y trabajaba en el diseño de stands para ferias internacionales. Recuerdo que a los 6 años tenía claro que quería ser arquitecto.

Pero no fue sino hasta los 21 que un amigo me ofreció trabajo produciendo piezas gráficas para un evento. Le dije que sí, pero hasta ese momento apenas sabía lo que era Photoshop. Esa fue mi primera vez diseñando. Recuerdo que lo que hice fue descomponer unas piezas que se habían diseñado previamente y ahí empecé a entender cómo funcionaba la herramienta y sus posibilidades gráficas. 

Eran tiempos de biseles y sombras. La cosa es que mi amigo (mi jefe) me dijo que tenía talento y estaba dispuesto a invertir en mi preparación y, lo mejor, me siguió contratando.

Luego, en Uruguay me focalicé en diseño web e hice una carrera técnica (Diseño profesional de sitios web) y gracias a esa carrera ingresé a trabajar en la primera empresa privada de internet en el país, en un proyecto de e-learning. Comencé mi carrera allí diseñando la parte gráfica e interactiva de las lecciones y terminé como encargado del diseño del portal web.

Por ese tiempo ya conocía Globant y me gustaba como lugar para trabajar. Al cabo de unos años, justo cuando empezaba a considerar un cambio profesional, me contactaron. Necesitaban a alguien con mi perfil y no lo pensé dos veces, quería trabajar aquí. 

¿Cuáles son tus hobbies?

Tengo varios. Me gusta todo lo relacionado con la cultura pop: El cine y la TV, el dibujo y la pintura, pero sobre todo la música (toco guitarra, bajo y batería), los cómics, colecciono figuras y cualquier cosa relacionada a los superhéroes, específicamente de DC Comics y sobre todo, Batman. También todo lo relacionado a Star Wars, Harry Potter y el Señor de los Anillos.

¿Cómo comenzaste a coleccionar objetos de superhéroes y como viene tu colección ahora?

Creo que casi cualquier fan de los superhéroes empezó con el tema desde niño. Ese fue mi caso, con esos primeros juguetes que apenas eran articulados y esos álbumes en torno de los cuales se creaban comunidades de intercambio.

En particular, recuerdo, una colección de figuras de los Superamigos, donde empezó mi camino al coleccionismo. También J.I. Joe, las tortugas ninja y los transformers. A partir de allí ya no solo me atraían los juguetes, sino los “universos de juego”. Pero, lo que más me impulsó a coleccionar ya en mi adolescencia, fueron los Caballeros del Zodiaco (las figuras Vintage) y los cómics.

El estado de mi colección es un poco incierto: hay figuras que no sobrevivieron a mis hijos, pero la mayoría quedaron en la casa de mis suegros en Uruguay (Ahora vivimos en Colombia), esperando que algún día vayamos por ellas, igual sucede con los comics. Mi hijo mayor “heredó” ese gusto así que buena parte de mi presupuesto para eso se va en la colección de mi hijo.

¿Cómo fue que llegaste a crear el juego de mesa con tu hijo?  ¿De donde surgió la idea?

La idea surgió de mi hijo mayor, el de 7 años. Estábamos tomando mate en el balcón y él llegó con su colección de figuras de Marvel y unas hojas en donde él había dibujado un tablero y una zona de batalla. Después de jugar un rato con sus reglas (reglas que acomodaba a su conveniencia), le dije que íbamos a hacer un juego con reglas que no lo beneficien solo a él. Ese mismo día en la tarde, nos pusimos a trabajar.

Fue un lindo proyecto en familia y nos ayudó a pasar buena parte de la cuarentena.

¿Cómo fue ese proceso: qué metodologías usaste? ¿Qué desafíos encontraron?

Al principio, todo fue muy empírico, es decir, no establecimos una metodología de forma consciente. Pero sí es cierto que “sin querer” fuimos haciendo Brainstorming, Benchmark y pequeñas entrevistas. Más tarde ya fuimos aplicando el Design Thinking de una forma más intencional. 

Pero lo más disfrutable del proceso fue compartir mi profesión con mi hijo, él quedó muy emocionado con todo lo relacionado al diseño y entendió mejor qué hago en la computadora cada día.

¿Qué conclusiones sacaste luego del proceso? 

Yo lo divido en dos: primero lo que aprendí como padre en la educación de mis hijos y luego, lo que aprendí como diseñador.

Como padre, aprendí que la educación de los niños no es solo competencia de la educación formal. En mi opinión, la familia debe involucrarse activamente para que los niños puedan desarrollar todo su potencial. Incluso (y sobre todo) aquellas cuyo desarrollo no se estimula en los ámbitos formales.

También aprendí que el diseño (y cualquier cosa) se puede aprender a temprana edad. Hay que tener cierta sensibilidad para “detectar” el interés del niño y luego proponer proyectos que lo estimulen. Los niños aprenden haciendo.

En cuanto a mí como diseñador, aprendí que hay que hablar con los niños, pero no hablar como solemos hacerlo desde nuestra “adultez”, sino preguntar. Los niños nos ayudan pensar fuera de la caja. Si logramos hacer esto, seguro nos sorprenderemos. 

También aprendí del entusiasmo y el compromiso que le ponen a algo cuando les interesa y les apasiona. Finalmente, aprendí lo importante que es incluir al cliente en el proceso. Eso nos da la posibilidad de tener un acceso inmediato y más fiel de la información que necesitamos, pero también vamos a tener al cliente defendiendo el producto.

¿Cómo piensas que como adultos podemos potenciar nuestra creatividad como niños?

Como dije antes, si tenemos niños en casa o sobrinos, hablemos con ellos, tratemos de entrar en su mundo y compartirlo, jugar creando, aportando a ese universo que ellos crean en su mente. Es un buen hábito para estimular el Thinking Out of the Box.

Pero lo principal es lograr desinhibirse a la hora de proponer soluciones. Siempre tenemos la “realidad” como un factor que nos limita, pero si nos atrevemos a ir más allá, quizá podamos encontrarnos con ideas que se puedan tangibilizarse y que son completamente “fuera de lo común”.

Finalmente, disfrutar lo que hacemos o hacer lo que disfrutamos.

Pensar fuera de la caja, desbloquear la creatividad, llegar a niveles inesperados de inovación y aplicar todo esto a un producto para un cliente. ¿Estas listo para este desafío? Aplica aquí: https://bit.ly/2QX0L1a

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